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Llueve sobre lo seco

Ante la sospecha de que «debió prestársele mayor atención y visibilidad a la propuesta artística de Moisés Finalé en la XIII Bienal de La Habana», y transcurridas algunas semanas de la culminación del megaevento de arte contemporáneo en la capital cubana, creo que es tiempo de rendir honor a quien honor merece. Y, con ello, no quiero decir que estas líneas se convertirán en una apología seca con palabras trilladas o basura manoseada, de esa que aparece en internet. 

Para ser franco, tuve la oportunidad de enfrentarme cara a cara con la obra de Finalé hace algunos años, cuando presentó Levitación en la galería Orígenes del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Quizás en aquella ocasión no estaba preparado para recepcionar la bola del artista. Más bien me resultaba una bola escondida, sentía el temor de no encontrarla. Pasaron cuatro años de aquel suceso, entonces llegué una vez más al encontronazo crudo y duro con Moisés.

El artista de la generación ochentiana presentaba su proyecto Sitio en construcción en la Galería La Nave de Génesis Galerías de Arte, y de algún modo debía colaborar en la promoción de la iniciativa. Durante el mes de la Bienal Moisés trabajaría diez paneles de gran formato en colaboración con artistas invitados. La nómina se fue conformando motivo de su recorrido por diferentes provincias, entre ellas Cienfuegos, Matanzas y Santiago de Cuba, donde se reencontró con amigos y conoció a jóvenes creadores como su coterráneo Víctor Manuel Maden Morgan. Así quedó planteada la escena entre artistas consolidados con los que Moisés le interesaba trabajar: Alberto Lescay, Nelson Villalobos, Lucía Zalbidea, Rubén Rodríguez, Eduardo Rubén García y el cienfueguero Rafael Cáceres. Completaron el staff los jóvenes Víctor Manuel, Alejandro Lescay y estudiantes de la Academia de San Alejandro (Frank Piña, Nurys Leydis Delgado…). El objetivo era que el público apreciara el proceso de creación de las obras. De esta forma el enjambre creativo conspiraría para hacer más sensorial la experiencia de los espectadores acerca de la concepción de una obra de arte y brindaría una oportunidad para apreciar el trabajo colectivo.

El plato quedaba servido y en la mesa estaban los aderezos ¡y qué aderezos! El proyecto contó con presentaciones semanales en las que se expuso el trabajo del equipo, acompañadas por la excelente música de los trovadores Tony Ávila y Roly Berrío. Pablo Villalobos se encargó de elaborar un documental sobre la experiencia.

 

Del dicho al hecho

Moisés Finalé proponía a sus artistas invitados trasladarse hacia el espacio de La Nave, ubicado en calle 18 entre 5ta. y 7ma., Miramar, y convertirlo en un taller de creación que les permitiera interactuar con su obra. Llegó el momento de acción y quedó oficialmente inaugurado Sitio en construcción. Fue impresionante ver a tantos artistas reunidos que solo conocía a través de fotografías. Ahí comenzó mi diálogo personal con la obra de Finalé. Aún no me había relacionado mucho con él, pero me le acerqué y le pedí unos minutos para conversar sobre el proyecto, ya que debía hablar en rueda de prensa sobre el sitio que se construía. Para mi asombro, accedió gentilmente. Por supuesto que aproveché para hacerle alguna que otra pregunta curiosa sobre las sospechas que comenzaba a generarme su obra. Conversamos algunos minutos acerca de varios temas y sobre su visión de la Bienal de La Habana como espacio necesario para visibilizar el talento joven. ¿No fue esa acaso la razón de ser desde sus inicios, allá por el año 1984?

En la medida que transcurrían los días pude interactuar con los demás artistas, conocer de cerca sus inquietudes. Como yo, el público que llegaba al espacio creativo podía hacer lo mismo. Un privilegio enorme verlos en pleno proceso creativo, tenerlos a la mano, como le sucedió al joven creador avileño Luis Enrique Milán, ganador de la cuarta edición de Post-it, quien no disimuló su satisfacción al conocer a uno de sus referentes, Alberto Lescay. Milán también pudo mostrarle al nutrido grupo sus ideas y obras, y recibió algún que otro consejo de quienes se han consagrado en el team Cuba del arte.

Moisés es una persona sencilla a quien la fama no ha podido seducir. Me dice con tono jocoso: «Tengo clara mis ideas, a mí no me interesa la pinturita convencional». Eso fue lo que les trasmitió a sus invitados, algunos de los cuales apenas rebasaban los 18 años, y se quedaban sorprendidos al ver cómo el proyecto era una invitación a transgredir la manifestación, a soltar las amarras de la pintura más conservadora y academicista. 

Rememoro las experiencias vividas durante todo un mes y el saldo es insuperable. El proyecto de Moisés Finalé fue excepcional para la XIII Bienal de La Habana. Primero, tenemos el hecho de su conversión en un espacio interactivo, que privilegió la conexión del público con artistas y obras. El arte necesita comunicar, debe salir del pedestal y caminar hacia el público conocedor o no. Segundo, el proyecto sirvió como espacio de formación para los jóvenes creadores invitados. ¿Cuántas veces tienen la oportunidad de trabajar los jóvenes estudiantes de arte con artistas de la talla de Nelson Villalobos, Alberto Lescay o el propio Finalé?

Por otra parte, Finalé propició la presencia y visibilidad en la Bienal de La Habana de artistas de provincia, muchas veces faltos de oportunidades, como fue el caso del cienfueguero Rafael Cáceres y el cardenense Víctor Manuel Maden Morgan. Se impone entonces hablar de la calidad humana del artista, quien acogió en su propia casa a sus invitados para que pudieran trabajar en la capital. Cuánta satisfacción por ayudar a los más jóvenes en sus inicios por el difícil camino del arte. Acciones como esas no se dan todos los días. La mayor riqueza quedó en el colectivo de trabajo, en esa profunda amistad que se fraguó en tan solo un mes.

 

De palo pa’ rumba

Mientras observo detenidamente el gigantesco panel terminado me doy cuenta de que en este caso la práctica y el hecho fueron mucho más allá del dicho. Se salió del marco convencional del taller del artista y se convirtió el lugar sacro de la galería en espacio creativo, generador de ideas y sentimientos. Las aproximaciones a la obra de Finalé están cargadas de su espíritu, su mano es apreciable. Moisés es un trabajador incansable, aprovecha todo medio extraartístico que le brinde oportunidad expresiva. Vela por su obra y ni por un segundo debería parecernos que hay descuido o inacabado en su práctica, porque no es así. Cada detalle es pensado minuciosamente. Incorpora cuanto material le resulte conveniente: yute, hierro, madera, formas blandas cocidas, papel de techo, pero siempre trabajados y armonizados acorde a su figuración. 

La obra de Finalé es una amalgama de intuición y experiencias aprehendidas. Por supuesto que en su momento estudió la obra de Wifredo Lam, pero fue más allá. Al igual que el maestro, tuvo que sentir y experimentar las esculturas africanas originales. Las oportunidades se dieron en Francia a finales de la década de los ochenta, allí su obra tenía mayor comprensión y aceptación. Nadie es profeta en su propia tierra, y su caso no fue la excepción.

Su universo plástico se sumerge en el misticismo y encanto de lo que Alejo Carpentier definiera como real y maravilloso en el prólogo de su novela El reino de este mundo. Esa categoría literaria que constituye una guía para redescubrir los encantos del ser americano se traduce en las fantasías del artista. Al descubierto quedan esos seres fantásticos y el poder de la naturaleza como fuente creadora. 

Sin importar la latitud en la que se desarrolle, su producción apela a la identidad cubana, es auténtica, de profunda apropiación de las raíces culturales de nuestro ajiaco, en palabras de Fernando Ortiz. Por sus venas corre sangre mestiza, y esto es apreciable en su obra. La profusión de elementos en sus composiciones con figuras enmascaradas, la exuberancia de sus representaciones a tono con la belleza de los cuerpos femeninos o masculinos —poco importa— es el reflejo del ADN cubano. Si observamos La Habana a sus casi 500 años, hallaremos la sintonía de Finalé. No falta el barroquismo arquitectónico y las prácticas culturales y religiosas de origen afrocubano. Hay una frase popular que dice: «El cubano, cuando no llega, se pasa». Bien sabemos que es una ciudad de excesos y goce pleno. Es, además, la ciudad que encanta por la música, el misticismo, la historia, la algarabía y el glamour decadente. Todo ello lo vive y lo siente Finalé. Es cardenense de origen, pero la capital lo llena de energía y lo enchufa en su vorágine creativa de tal forma que su obra se convierte en un dispositivo semántico que medita sobre la relación entre cultura popular, religiosidad y expresión erótica en la naturaleza del cubano.

Antes de finalizar quisiera compartir una experiencia personal. Hay algunas obras de Finalé, de esas en las que el ocultamiento de formas y expresiones se manifiesta, que me producen la sensación de observar a un cimarrón que huye por el monte para esconderse en un palenque. En ellas aparece ese proceso de resistencia cultural y sincretismo que perdura actualmente. 

El hecho de que el artista regresara a su país y de que hoy podamos disfrutar sus creaciones, en tiempos en que las vacas sagradas del arte cubano se refugian en galerías extranjeras y se muestran poco, habla por sí mismo de su cercanía con el público cubano. Su obra sigue el ciclo del agua en la naturaleza. Hay épocas de abundante lluvia que inunda los ríos, a las cuales sobrevienen sequías difíciles. Aun así, cuando no percibamos ni gota de lluvia no significa que el agua haya desaparecido. Está en la atmósfera, imperceptible, evaporada, condensada y lista para precipitarse. Que no veamos a Finalé no quiere decir que no esté, siempre se encuentra a la espera del mojar. La prueba concreta es cada pieza que brota del ingenio del artista. Su obra no conoce límites y jamás se los impone. Es camaleónica y voraz desde su transgresión. Propone una orgía para los sentidos. Es como tocar un hierro y que te deje la huella herrumbrosa. 

Moisés: debes replicar este proyecto artístico, lo mereces y lo merecemos. Reinventa como lo has hecho siempre en tu obra. Vuela con nuevos bríos, inquieta y perturba con la sangre joven. Y, por último, aunque puedan tildarme de querer subrayar lo obvio, me gustaría ver una exposición colectiva de Moisés Finalé con obras de Belkis Ayón y Wifredo Lam. Es solo un deseo personal. 

Miguel Ángel García Piñero