Precisamente por su estratégica ubicación sobre un alto promontorio rocoso en el costado este de la boca de entrada al puerto de La Habana, durante siglos esta instalación defensiva, constituyó el primer contacto con Cuba de los miles de marineros y visitantes que dieron vida a uno de los más importantes puntos de recalo del tráfico marítimo entre Europa y el hemisferio occidental. Fue terminado en 1630 según diseño del ingeniero italiano Bautista Antonelli y desde un principio constituyó uno de las piezas claves del fabuloso sistema defensivo con el que España dotó a su plaza habanera. Las acciones vinculadas a la toma de la ciudad por los ingleses en 1762 le provocaron serios daños a la instalación castrense y que fueron restañados a partir de que, un año después, logró restablecerse el dominio español en La Habana y se desencadenara, además, la construcción de nuevas obras defensivas, como la gran fortaleza de La Cabaña. En 1844 bajo el gobierno del capitán general Leopoldo O'Donell, se le añadió al Castillo del Morro su actual torre farera de 15 metros de altura, para contribuir a la seguridad de la navegación en la zona y marcar con toda precisión en horario nocturno, el sitio exacto de ubicación de La Habana y el acceso a su bahía. La señal del faro primero se alimentó de aceite, a partir de 1928 con un sistema a base de acetileno y desde 1945 con energía eléctrica. Gracias a sus mo­der­nos mecanismos actuales, su luz alcanza poco más de 20 millas de distancia y se le considera uno de los referentes para la navegación internacional más importantes en toda la región. Para La Habana y los habaneros, el Morro significa una visión familiar y constante; y como mismo ocurría antes, sigue siendo hoy lo primero y lo último que atrapa la mirada de todos quienes llegan o parten de esta ciudad por vía marítima.