Varias líneas aéreas realizan los vuelos a partir de Guayaquil hasta las islas Galápagos, situadas a 972 Km de las costas de Ecuador, una distancia que cubrimos en cerca de dos horas. Los aviones con destino a Santa Cruz aterrizan en la pequeña isla vecina de Baltra, en un aeropuerto construido por Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial para patrullar desde aquí el movimiento naval hacia el Canal de Panamá. 

En la actualidad, la instalación funciona como primer aeropuerto ecológico del mundo. No hay estera transportadora de equipaje, sino que lo sacan del avión y lo entregan directamente en la mano. Otra curiosidad: mientras esperamos podemos disponer de una conexión wifi y anunciar nuestra llegada a familiares y amigos vía Internet. Una vez que recibimos la maleta, debemos apurarnos para encontrar espacio en el ómnibus que conduce gratuitamente a los pasajeros hasta una terminal portuaria donde abordamos una barcaza que cruza en unos cinco minutos el Canal de Itabaca, que nos separa del territorio de Santa Cruz. Desde la terminal de arribo nos restan otros 45 minutos en taxi o bus hasta Puerto Ayora, el mayor centro urbano, donde nos alojamos en un confortable hotel. 

Santa Cruz, nombrada así en honor a la Cruz de Cristo y por mucho tiempo llamada Indefatigable, en alusión a uno de los barcos ingleses que circulaban en las islas cuando era refugio de corsarios y piratas, alberga el mayor asentamiento humano del archipiélago.  

Allí pudimos visitar la Estación Científica Charles Darwin, una institución consagrada a la preservación de especies amenazadas de extinción, y del entorno único de estos territorios. Además, conocimos el Centro de Crianza de Tortugas Fausto Llerena, entidad que lleva el nombre del guardaparque que alimentó y cuidó durante más de tres décadas al célebre «George, el solitario», último sobreviviente de la Chelonidis abingdoni, originaria de la isla Pinta, que se extinguió con su muerte el 24 de junio de 2012, con lo cual se redujeron a diez las especies vivas de tortugas galápagos. Su recuerdo todavía se mantiene en ese criadero, donde los visitantes pueden fotografiar a los apacibles quelonios. 

Sin embargo, donde mejor se pueden apreciar en su hábitat natural es en la reserva natural de El Chato, en las tierras altas de Santa Cruz, famosa por los túneles de lava y exuberante vegetación.  

Salimos de Puerto Ayora en un taxi, camino al pueblo de Santa Rosa, para ver las tortugas después de un recorrido de 20 min, a una velocidad de 60 kilómetros por hora. Hicimos nuestro viaje a principios de octubre y ese día teníamos lluvia y neblina, así que sentimos un poco de frío. 

En Galápagos se dan dos estaciones principales: una húmeda, caliente, entre enero y junio; y otra fresca y seca, llamada garúa, de julio a diciembre. A finales de septiembre los vientos alisios son más fuertes y las temperaturas más frescas, variando de 16º C a 26º C. Por eso en esta época es necesario llevar una cazadora para protegernos del viento. 

Esta es una zona de fincas privadas. Se ven muchos chivos y cabras. Fueron introducidos y han tenido que ser cazados y eliminados porque se comían el pasto y los huevos de las tortugas y desequilibraban el medio ambiente. 

Yo pensaba que en la Isla solamente era bueno el pescado, pero además tienen pastos y reses, y producen carne, que no habíamos comido hasta entonces. Desde Santa Rosa a la finca Rancho Primicia había otro cartel que marcaba 2 Km. Un taxi para este recorrido cuesta 70 dólares. También fuimos a playa Garrapateros y al Túnel de las Lavas, un periplo que toma todo el día.  

En Primicia puedes saborear unas empanadas de queso riquísimas por 2.50 dólares, y hamburguesas muy buenas. La comida tiene un precio razonable, pero los souvenires son carísimos. La visita a las tortugas cuesta tres dólares y te ofrecen unas botas de goma para hacer el recorrido porque hay mucho lodo, al que se suman las impresionantes deposiciones de los animales gigantes. Pisarlas es ingresar a un exclusivo club con muy pocos miembros en todo el mundo. Por eso es bueno venir con calcetines para cambiarse el calzado y usar las botas, que luego, cuando regresas, deben lavarse en un recipiente antes de devolverlas. Los baños y lavabos son muy limpios. La cocina parece de calidad. Merece la pena venir para ver a los enormes quelonios en su ambiente y no en corrales. En este entorno viven en libertad más de 3 000 tortugas. 

A pocos kilómetros de la ciudad de Santa Ana visitamos la hacienda El Trapiche, donde nos mostraron cómo se elabora azúcar, panela y un aguardiente muy especial a partir del jugo de caña fermentado, al que aquí llaman guarapo, que luego es destilado de manera artesanal. También vimos la producción de un excelente café, totalmente orgánico, secado y tostado artesanalmente: una verdadera delicia. 

La finca El Trapiche fue fundada por el ecuatoriano Adriano Cabrera, quien se convirtió en el primer proveedor nativo de azúcar a la población local, según nos explicó su hijo Vicente. Adriano introdujo en Galápagos la primera máquina para moler la caña y obtener el jugo. El equipo tiene entre 80 y 85 años y fue fabricado en Ohio, un detalle que hace mucha gracia a los turistas norteamericanos, dice Vicente. Él empezó a producir la panela (raspadura), que era más fácil de transportar. Su padre también fue el primero en producir y abastecer con café local, ciento por ciento orgánico, y es el mejor. 

Tenemos dos variedades: el arábigo y el catimoro. Mi padre molió y tostó los dos y comparó el sabor, y logró un producto muy bueno. El catimoro es bien aromático y no lo tienen muchos productores, cuenta Vicente. Producen 1500 Kg de café en cerca de 2 ha, en un territorio que se localiza a una altura entre los 100 y 200 metros. 

Estos galapagueños nos dieron una clase de turismo agroecológico, al informarnos cómo han conseguido destinar hasta el 70 % de su producto para exportar directamente a los viajeros que llegan en los cruceros, prueban su café y se llevan las bolsas. Algunos terminan realizando pedidos regulares por correo electrónico. En esa operación, los agricultores han contado con el apoyo de conocidas navieras y turoperadores como Grey Line y National Geographic. Una botella de aguardiente la venden a cinco dólares. La panela cuesta tres, y 12 el kilogramo de café. 

Desde El Trapiche nos fuimos a la playa El Garrapatero, una cala bonita, donde observamos pelícanos y mucha piedra volcánica. Muy tranquila, abierta, sin corrientes, resulta excelente para disfrutar un baño, aunque el agua esté un poco fría. 

Al regreso a nuestra base de Puerto Ayora todavía nos aguardaban momentos de gran excitación. 

Durante nuestro último día en Santa Cruz nos fuimos en una inolvidable excursión acuática de despedida por los alrededores de Tortuga Bay, a poca distancia de Puerto Ayora. En ese lugar uno se queda maravillado con una de las playas más famosas en Galápagos por sus cristalinas aguas, con azules turquesa que recuerdan a las del mar Caribe. 

Nuestro guía también nos condujo a otro sitio proverbial por su rara belleza: una extraña piscina alimentada por una cañada de filtración de lluvias y también de agua de mar, en una gran grieta de paredes de piedra volcánica de 15 m de altura, con 5m de ancho, 80 m de largo y 10 m de profundidad. Como cabe esperar, se llama Las Grietas y solo pudo ser construida por la obra y gracia de la poderosa mano de la naturaleza. 

Ese es el misterio de las Galápagos, un vestigio del Edén en medio del océano Pacífico, que contribuyó a explicar a la humanidad su origen y el del planeta. Un testimonio palpable de las riquezas que todavía estamos a tiempo de salvar para nuestro disfrute y bienestar, si fuera posible por toda la eternidad.