José Carlos de Santiago
Fiesta del sol. Alberto Lescay.

Hay que celebrar que más de doscientos hoteleros madrileños hayan decidido poner a disposición de sus clientes el periódico del Museo del Prado, con una tirada de cien mil ejemplares en español e inglés, sobre una pinacoteca que recibió en el pasado año más de tres millones de visitantes, mucho más que pequeñas islas del Caribe anglófono como Islas Vírgenes o Barbados.
Como si se estuvieran leyendo mi anterior artículo:«Paseando por Madrid se vive el arte», donde, entre otras cosas digo que, además de lo de la flor de violeta, se pudiera hacer mucho más por la marca Madrid.
Al menos Iberia Express ha anunciado que pondrá en los cabezales de sus A 320 impresiones de obras que se exhiben en los museos del Paseo del Arte, y por fin tendremos un código Vidi para que los pasajeros puedan descargar una aplicación gratuita y disponible en nueve idiomas, con veinticuatro obras maestras, además de distribuir un díptico a bordo con información de cómo visitar las colecciones.
Porque es una tendencia mundial el turismo cultural, y quien no lo quiera ver, quien desconozca los riesgos de mal manejar la industria sin humo, hace como el avestruz.
Deberíamos mirar más a las Américas, donde el Ministerio del Turismo de un país como Cuba decide que su Feria Internacional promueva, en su primer día de labor, el recorrido por una ciudad como Gibara, sede por más de una década de un festival internacional de cine, e invite a un festival de festivales como las Romerías de Mayo, con tal de que el turista conviva con la cultura y el arte de un pueblo.
Aplaudo a la ministra de Turismo de Nicaragua, que promocionó un plan en el propio Madrid donde destacan la multietnicidad y la diversidad: «El nuestro es un país de lagos y volcanes. La nación del gran poeta Rubén Darío. El más grande y más seguro de Centroamérica, que no necesita visa. Quien venga podrá interaccionar con nuestra gente, conocer de buena mano nuestra cultura y gastronomía».
Saludo el anuncio de Uruguay sobre el potencial turístico de la Ruta de la Leche, para quienes buscan naturaleza, ruralidad, buena gastronomía típica y el relato histórico de los orígenes del país. Y a Chile, que tiene un crecimiento sostenido de visitantes a la mítica región de Magallanes, al Cabo de Hornos y la Tierra del Fuego, en las narices de la Antártida, para romper la barrera de los seis millones.
O México, que invita a la Ruta de Juan Rulfo, y a la vez está a punto de convertirse en la primera potencia mundial en cruceros en el Mar Caribe, porque en sus puertos del Pacífico y el Atlántico espera la llegada de 2 280 barcos de pasajeros.
Y qué digo: los ministros de Turismo de Paraguay, Argentina, Brasil, Uruguay y Bolivia suscribieron una misiva al Papa Francisco para que declare de interés mundial el Camino de los Jesuitas en Sudamérica, la llamada Ruta Jesuítica Multidestino.
Y hasta Egipto promoverá la ruta de la Sagrada Familia, cuando huyó de Palestina hace dos mil años por la persecución del rey Herodes. Hay un camino de grutas e iglesias por el Valle del Nilo, donde además se celebran procesiones y eventos folclóricos, «un prometedor producto» para los peregrinos que acuden a la Tierra Santa. Que hasta el sector del turismo en el Vaticano ha participado en las conversaciones con el gobierno egipcio.
Pero hay más: el ministro de Turismo de República Dominicana, Francisco Javier García, acaba de informar que junto a una organización no gubernamental promoverá el turismo religioso como estrategia enfocada a presentar al mundo la historia y los lugares donde se inició la difusión de la fe católica en América.
Por todo esto lo digo y lo repito: no encajemos la cabeza en la arena.