Visitar Don Alfredo depara una doble gratificación para el paladar, fundamentada en la posibilidad de degustar nuevos sabores para el espíritu ―además de otros ya legitimados en el mundo, como es el caso de la buena cocina de la península itálica.
Un mural dispuesto para 50 comensales abraza a este restaurante especializado en comida italiana. Justo a un lado del lobby del hotel H10 Habana Panorama se ubica el sui géneris espacio, que ha hecho de las artes plásticas cubanas un ineludible pretexto para visitar el lugar. Esta es una de las gratificaciones para la cata espiritual.

Tal vez, la pieza pictórica de más dimensiones en el país, realizada sobre todas las paredes de un restaurante, sea la que el visitante degusta en Don Alfredo. El valor agregado de la obra lo imprime su creador, el recién fallecido Juan Vicente Rodríguez Bonachea (1957-2012), uno de los artistas más importantes de la contemporaneidad visual del archipiélago.

La conceptualización del entorno cotidiano, con una mezcla onírica-racional pueden encontrar aquí los convidados. Mezcla figurativa que remite a un paisaje puramente cubano, con personajes que confunden, que miran, que aman...

Desde la entrada, puede el cliente sentir tales sensaciones: envueltos en un halo sinestésico cómplice, los protagonistas de Bonachea te cautivan. De la palma real cubana con traje y corbata a la luna, quimera ahora transmutada en dulce naranja para sorber. De la máscara que tienta a comprobar si, realmente, la figuración del artista está serena, al pez que en vez de agua prefiere el cielo para volar. Y de la guajira selva nacional a la pizza ranche o gitana, o a los canelones rellenos con prosciutto y queso. He aquí la otra gratificación que les adelantaba: de la cosmovisión pictórica que roza lo irracional, al banquete italiano que no acepta excusa para no probar.

Entonces, presenciar una obra de arte de tal magnitud se convierte en un premio extra para el paladar, satisfecho ya, puedo asegurar, con la calidad y variedad de lo propuesto en la carta de Don Alfredo: pastas, pizzas, cremas…; a lo que se suma la excelencia del servicio, propio ya de H10 Hotels.

Bonachea detonó en este mural casi todo cuanto había cincelado en su obra. El tránsito de ilustrador de libros para un solo lector, a ilustrador de mundos para 50, resulta trascendente.

Y es que Don Alfredo es un libro. Una página grande que, cual Las mil y una noches, te propone una historia dentro de otra: la supeditación de un personaje a cualquiera dentro del paisaje, o de aquel de la esquina, al árbol del centro, evita que el cliente se aburra de la pieza. Será inevitable, además de la carga dramatúrgica percibida en el mural, el goce retiniano del visitante con la destreza del pintor, que se regodeó nuevamente con su pincel y sus líneas exactas, sin desliz.   

Visitar Don Alfredo depara una doble gratificación para el paladar. Alimentar el alma no se puede siempre. Agregar esta satisfacción a la oportunidad de saborear un buen plato ya no tan exótico, que te seduce, traslada y envuelve, no es común tampoco.